Eres mi visita número

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martes, 11 de diciembre de 2012

Mientras duermes...

Doce menos tres de la noche.

        La habitación está a oscuras. Pero nuestros ojos se van acostumbrando paulatinamente a las tinieblas. Hay una mujer tendida en la cama, durmiendo. Una mujer joven y hermosa: Eri. Eri Asai, la hermana mayor de Mari. Nadie nos lo ha dicho, pero nosotros, ignoro cómo, lo sabemos. Su negra cabellera se desparrama sobre la almohada como un torrente de agua oscura. Nuestras miradas confluyen en ella, la observamos. O quizá sería más acertado decir que la espiamos. Ahora nuestros ojos se convierten en una cámara aérea que flota en el aire y que puede desplazarse libremente por la estancia. En estos instantes, la cámara se sitúa justo sobre la cama, enfoca el rostro dormido de Eri. Nuestro ángulo de visión va cambiando a intervalos rítmicos, como parpadeos. Sus labios, pequeños y bien dibujados, están cerrados formando una línea recta. A primera vista no se aprecian señales de que respire. Pero, al aguzar la mirada, podemos distinguir, de vez en cuando, un ligero, muy ligero, movimiento en la garganta. Eri respira. Yace con la cabeza apoyada sobre la almohada, vuelta hacia el techo. En realidad no está mirando nada. Tiene los párpados cerrados como la dura yema de una planta en invierno. Duerme profundamente. Es posible que ni siquiera sueñe.
        Conforme observamos a Eri Asai, nos invade la sensación de que en su sueño hay algo anormal. Su manera de dormir es demasiado pura, demasiado perfecta. Ni un solo músculo de su rostro, ni una sola pestaña, se mueven. Su esbelto cuello blanco preserva el profundo silencio de un objeto de artesanía, y su pequeña barbilla, convertida en un relieve orográfico de hermosas formas, traza un ángulo noble y perfecto. Por muy profundamente que duerma, nadie puede adentrarse tanto en los territorios del sueño. Jamás se abandona la conciencia por completo, hasta tal punto.
        Pero, dejando aparte el hecho de que exista o no la conciencia, las funciones fisiológicas necesarias para conservar la vida se mantienen activas. La respiración y el pulso alcanzan el máximo nivel posible. La existencia se sitúa en el estrecho umbral que separa lo orgánico y lo inorgánico..., con sigilo, con precaución.  Sin embargo, todavía no somos capaces de saber cómo y por qué ha llegado a este estado. Eri Asai se encuentra sumida en un profundo y elaborado sueño, como si todo su cuerpo estuviese envuelto en cera tibia. Y es evidente que aquí hay algo incompatible con lo natural. Por ahora, esto es todo cuanto podemos juzgar.
        La cámara va retrocediendo despacio, ahora capta la imagen completa de la habitación. Luego va captando cada detalle en busca de indicios. La estancia no se ve profusamente decorada. No es una habitación que permita adivinar los gustos ni la personalidad de su dueña. Si observáramos sin prestar mucha atención ni siquiera podríamos deducir que se trata de la habitación de una chica. No aparecen por ninguna parte ni muñecas, ni animalitos de felpa, ni accesorios. No hay pósters, ni siquiera un calendario. En el lado de la ventana hay un viejo escritorio de madera, una silla giratoria. Una persiana enrollable cuelga de la ventana. Sobre el escritorio una sencilla lámpara negra, un ordenador tamaño cuaderno de última generación (con la tapa cerrada). Algunos lápices y bolígrafos dentro de una taza grande. Junto a la pared, una sencilla cama individual de madera donde duerme Eri Asai. La colcha es blanca y lisa. En el lado opuesto a la cama, en una estantería instalada en la pared, hay un pequeño equipo de música y algunos cedés apilados. A su lado, un teléfono y un televisor de dieciocho pulgadas. Un tocador con espejo. Frente al espejo, sólo hay crema protectora de labios y un cepillo del pelo, pequeño y redondo. Apoyado en la pared, un armario de cuerpo entero. Como única decoración de la estancia, cinco pequeñas fotografías enmarcadas alineadas en uno de los estantes. Todas son de Eri Asai. En todas se la ve a ella sola. En ninguna aparece acompañada de algún familiar o amigo. Todas son fotografías profesionales en las que posa como modelo. Posiblemente son fotos publicadas en alguna revista. Hay una pequeña librería, pero los libros pueden contarse con los dedos de una mano y la mayoría son, además, manuales de las asignaturas que cursa en la universidad. Luego, vemos una montaña de revistas de moda de gran tamaño apiladas. Difícilmente podemos afirmar que sea una gran lectora.
        Nuestra perspectiva, a modo de una cámara invisible, va captando, uno tras otro, todos los objetos de la habitación, los reproduce con detenimiento, tomándose su tiempo. Somos unos intrusos, anónimos e invisibles. Miramos. Aguzamos el oído. Olemos. Pero, físicamente, no estamos presentes en el lugar, no dejamos rastro. Respetamos las reglas de los genuinos viajeros a través del tiempo. Observamos, pero no intervenimos. Para ser exactos, la información sobre Eri Asai que podemos inferir del aspecto de la habitación es muy pobre. Da la impresión de que previamente nos ha ocultado su personalidad, de que está logrando escapar con gran astucia de los ojos que la observan. 
        A la cabecera de la cama, un reloj digital actualiza, mudo y constante, el tiempo. En estos instantes es lo que único que muestra algo parecido al movimiento en el interior de la estancia. Un cauteloso animal nocturno que funciona con un mecanismo eléctrico. Los dígitos, de un verde cristal líquido, se suceden esquivando las miradas ajenas. Ahora son las 11:59 de la noche.
        Nuestra mirada, convertida en cámara, una vez ha dejado de observar los detalles, retrocede y barre de nuevo el interior de la estancia. Como si estuviese indecisa, enfoca momentáneamente la habitación en toda su magnitud. Durante esos instantes, el punto de vista permanece fijo. Se expande un silencio lleno de significados. Sin embargo, poco después, como si de pronto se le hubiese ocurrido, enfoca el televisor que se halla en un rincón del cuarto y se aproxima a él. Es un televisor Sony, negro y cuadrado. La pantalla está oscura, muerta, como el lado oculto de la luna. Sin embargo, la cámara parece haber detectado en ella un indicio. O quizás una especie de señal. Primer plano de la pantalla. Todavía sin decir una sola palabra, compartimos con la cámara este indicio, esta señal, y fijamos los ojos en la pantalla.
        Esperamos. Conteniendo el aliento, aguzando el oído.
        Aparecen los dígitos 0:00.
        A nuestros oídos llega un ligero crepitar de parásitos eléctricos. De manera simultánea, la pantalla del televisor muestra signos de vida y empieza a parpadear de una forma casi imperceptible. ¿Ha entrado alguien en la habitación sin que nos diésemos cuenta y ha encendido el televisor? ¿Se ha puesto en marcha el temporizador para grabar? No, ni una cosa ni otra. Con astucia, la cámara rodea el aparato y nos muestra que está desenchufado. Sí, el televisor debería estar muerto. Debería respetar el silencio, duro y frío, de la medianoche. Lógicamente. Teóricamente. Pero no está muerto.
        En la pantalla aparecen líneas de exploración, oscilan, y se borran. Luego aparecen de nuevo. El crepitar de parásitos se sucede sin interrupción. Pronto comienza a proyectarse algo en la pantalla. Una imagen empieza a cobrar forma. Sin embargo, poco después se inclina, como la letra cursiva, y desaparece igual que una llama apagada de un soplo. Luego vuelve a repetirse todo el proceso desde el principio. La imagen emerge como si hiciera acopio de todas sus fuerzas. Ese algo que hay allí intenta materializarse. Pero la imagen no logra cobrar forma. Se distorsiona como si la antena receptora fuera sacudida por un fuerte viento. El mensaje se fragmenta, los contornos se desdibujan y se disgregan. La cámara nos transmite cada fase del conflicto, de principio a fin.
        La mujer dormida parece ajena a los extraordinarios sucesos que se producen en el interior del cuarto. Tampoco muestra reacción alguna frente a los indiscretos sonidos y luces que emite el televisor. Sencillamente, continúa durmiendo en silencio dentro de aquella perfección inmutable. De momento, nada perturba su profundo sueño. La televisión es un nuevo intruso en el lugar. También nosotros somos intrusos, por supuesto. Pero, a diferencia de nosotros, la nueva intrusa no es silenciosa, ni transparente. Tampoco es neutral. Ella, sin lugar a dudas, pretende intervenir. Nosotros percibimos intuitivamente sus propósitos. 
        La imagen de la televisión aparece y desaparece, pero se va estabilizando de forma progresiva. En la pantalla se proyecta ahora el interior de una habitación. Una habitación bastante amplia. Parece una sala de un edificio de oficinas. También parece un aula. Con una enorme ventana de cristal y muchos fluorescentes alineándose en el techo. Pero no hay ni rastro de muebles. No, al observar con atención aparece una única silla en mitad de la estancia. Una vieja silla de madera con respaldo pero sin brazos. Una silla sencilla, funcional. En ella hay alguien sentado. La imagen aún no está bien definida, de modo que la figura del individuo que la ocupa no es más que una silueta desdibujada de contornos imprecisos. En la estancia flota el aire gélido de los lugares abandonados durante mucho tiempo.
        La cámara de televisión que (aparentemente) nos transmite esta imagen va aproximándose a la silla con cautela. A juzgar por su complexión física, la persona sentada en la silla es un hombre. El sujeto está algo inclinado hacia delante. Con la cabeza vuelta hacia la cámara, parece sumido en profundas reflexiones. Lleva ropa de color oscuro, zapatos de piel. No se distinguen las facciones de su rostro, pero el hombre parece más bien delgado, no muy alto. No podemos concretar la edad. Mientras vamos recogiendo toda esta información, detalle tras detalle, de modo fragmentario, a partir de esta pantalla imprecisa, la imagen, como si se acordara de pronto, continúa moviéndose de vez en cuando. Las interferencias serpentean, aumentan. Sin embargo, las dificultades no se prolongan durante mucho tiempo y pronto se recupera la imagen. También cesan los parásitos. Tras sucesivas pruebas y errores, la pantalla se encamina, decididamente, hacia la estabilidad.
        No cabe duda de que algo está apunto de ocurrir en la habitación. Posiblemente, algo de importancia capital.

After Dark, Murakami Haruki.

martes, 11 de septiembre de 2012

4. Posición en Quidditch: Buscador.

Sería una buena buscadora.
Como bien se sabe para este puesto no es tan importante la vista como los reflejos. Ya que la snitch es muy resbaladiza. Se mueve con demasiada rapidez y tienes que estar muy centrado en el juego para poder cazarla.
Y yo tengo buenos reflejos, por lo tanto sería buena en esta posición.
Aunque también podría ser perfectamente una guardiana. Soy buena como portera en el fútbol.

sábado, 8 de septiembre de 2012

3. Boggart: Suspender.

Mi Boggart sería no llegar a conseguir sacarme Filología Inglesa.
Siempre he tenido un miedo irracional a suspender mis exámenes, y últimamente eso era lo que hacía una y otra vez. Estoy harta de esa antigua yo. Quiero cambiar. Pero no sólo por mí, también para demostrarles a mi hermano y a mi padre que puedo aprobar. Que puedo sacar una carrera, por mi misma. Quiero demostrar incluso al mundo que soy totalmente distinta a mi padre, que no soy menos que nadie y que puedo acabar algo que no sea una serie, un libro y sentirme orgullosa de ello.
No quiero ser más como él. Quiero ser yo misma, al menos por una vez.


sábado, 4 de agosto de 2012

2. Patronus: Leopardo de las nieves.

Suelen ser captados pocas veces por las cámaras, son tímidos como yo lo soy. Les gusta cazar en solitario, a mí también me gusta estar sola. Y, como su nombre indica, viven en la nieve y en lugares fríos, yo adoro el frío y odio el calor más que nada.
Eso es por lo que creo que este animal sería la forma de mi patronus.




martes, 31 de julio de 2012

1. Casa: Gryffindor.

En realidad yo no me siento una auténtica Gryffindor, pero es donde me ha tocado estar. No me creo valiente, no al menos de la clase de persona valiente típica de los Gryffindor, mi timidez hace que me asusten las cosas de la vida. (O tal vez no tiene nada que ver una cosa con la otra). Pero algo que sí tengo de los miembros de esta casa es la caballerosidad, mientras otros jóvenes hacen que las demás personas, excepto sus amigos, se sientan mal cuando están a su alrededor (insultan, se cuelan aunque hayan llegado los últimos, hacen el vacío a los demás) yo siempre he sido una chica tranquila que no insulta a las personas, al menos no a primera vista más bien después de conocerlas, deja a todos en paz.
La verdad es que estoy segura de que en otras casas tampoco pegaría mucho, no soy de las que estudian olvidándose casi de lo demás, por tanto no podría ser Ravenclaw. Tampoco me considero alguien del montón que quiere pasar desapercibido, tampoco sería Hufflepuff. Y por supuesto que no soy Slytherin, aunque debo admitir que me gustaría serlo.
Así que me quedo con mis leones y sus temple, osadía y caballerosidad.

Ya hice uno de estos el año pasado, o tal vez hace dos, no lo recuerdo, pero está claro que hice uno y que me gustó, porque hoy comienzo este nuevo.

miércoles, 2 de mayo de 2012


Tres Anillos para los Reyes Elfos bajo el cielo.
Siete para los Señores Enanos en casas de piedra.
Nueve para los Hombres Mortales condenados a morir.
Uno para el Señor Oscuro, sobre el trono oscuro
en la Tierra de Mordor donde se extienden las Sombras.
Un Anillo para gobernarlos a todos. Un Anillo para
encontrarlos, 
un Anillo para atraerlos a todos y atarlos en las tinieblas
en la Tierra de Mordor donde se extienden las Sombras.

sábado, 28 de abril de 2012

Celos.

Todo lo que hay en este mundo
existe para acorralarte.

Rangiku: - ¿Cómo es que estás tan apagada hoy?
Orihime: - ¡¿Eh...?! Qué va, si no...
Rangiku: - Cuéntame. Te escucho.
Orihime: - En serio... No me pasa... Nada...
Rangiku: - Si no me lo cuentas, lo pasarás peor.
Orihime: - ... Kuchiki... Es extraordinaria, ¿verdad? Kurosaki... Estaba tan deprimido... y, de repente... Ella consigue que vuelva a recobrar el ánimo. No soy... una buena persona. Tendría que bastarme con que Kurosaki haya vuelto a ser él mismo. Eso es lo que debería pensar. Kuchiki ha vuelto. Gracias a ella, Kurosaki está bien otra vez... Debería alegrarme. Y sin embargo... ESTOY CELOSA... CELOSA DE ELLA. Kuchiki es amable... Fuerte... Guapa... Sabe cómo animar a Kurosaki. Y la quiero mucho. No entiendo por qué en el Instituto no me sentía así. Ha sido al volver a casa que me he derrumbado... No me gusta ser así. Me siento despreciable...  ¿Rangiku?
Rangiku: - Tonta. Dejad las cosas cómo están. Kuchiki y tú. Ichigo todavía es un niño que no ha crecido del todo. Ahora mismo os necesita a las dos. ¿Qué tiene de despreciable sentir celos? De esa manera estás empezando a aceptar una parte de ti. ¿Sabías lo sencillo que resulta huir del problema y culpar al otro? Tú no huyes, lo estás aceptando. Yo diría que eres admirable... Orihime.


Somos peces frente a una cascada.
Somos insectos en una jaula.

Somos los restos tras una violenta ola.
Los huesos de la calavera.
Una corriente de poder; una ballena que todo lo devora.

Somos un toro de cinco cuernos.
Somos un monstruo que escupe fuego.
Somos el niño que llora.

Sí. Somos los envenenados por la luz de la luna.


P.D. Así es cómo se siente.

viernes, 27 de abril de 2012

Something.

El aliento del cielo se burla de mis labios
con un único pétalo caído del firmamento:
mi amor eres tú, ese único pétalo.

La gacela alza la vista desde el estanque
cegada por una chispa del resplandor de la Luz:
mi amor eres tú, esa única chispa.

El pavo real chilla en el jardín vacío
se alza eclipsando el recuerdo de una lágrima:
mi amor eres tú, esa única lágrima.

¡Oh, pétalo que es mi jardín de deleite!
¡Oh, chispa que es la conflagración de mi corazón!
¡Oh, lágrima que es mi crecido océano de pena!
El enigma. Los libros de Pellinor.
Alison Croggon.

Es la una de la mañana y no consigo dormir. Poema de amor sin título de un libro que no logro encontrar fuera de la Biblioteca de La Rioja. Me he vuelto a leer Los Juegos del Hambre en un día. Admiro mi pequeña mejora del blog (reloj de Ichigo y cursor de Zabimaru). Y estoy observando, una vez más, un dibujo de Bleach que no logro terminar. He pasado un día un tanto horroroso y apático. Mi dedo pequeño del pie derecho está dormido desde hace ya casi una semana y comienza a molestarme de verdad. Sin poder evitarlo me he derrumbado hoy y justo ahora he conseguido recomponerme. Esta tarde he llorado -sin motivo, he de admitir- al ver de nuevo el capítulo 366 de un anime que pensé que iba a ser largo y sí, en cierto modo, el libro que hoy he leído también ha conseguido que me ponga sentimental y algo, o bastante, furiosa conmigo misma.
A veces me gustaría ser un personaje de ficción (ya sea manga/anime, libro, película...). Atrapada en el sino que mi creador me haya preparado. Sin poder opinar de nada y de todo a la vez. Sin poder decidir por mi misma. A veces desearía que alguien escribiese sobre mi, que hiciese que viviera aventuras, que me obligase a amar a alguien sin ninguna razón y demasiadas. Sé que es un deseo extraño. Pero sí, ojalá pudiese hacerse realidad. 
No sé exactamente qué quiero decir con lo que escribo últimamente.
De todos modos, ahora me meteré a la cama e intentaré dormir.
Buenas noches.

domingo, 22 de abril de 2012

Films that make me think.

Los Juegos del Hambre

Hoy hablaré de la película basada en los libros de Los Juegos del Hambre. Si los libros ya te hacen pensar de por sí, la película consigue el mismo efecto y eso es lo que más me ha gustado de esta adaptación. Lo normal es que una vez te has leído los libros las películas pierden efecto, eso siempre ocurre, pero he de admitir que si no me los hubiese leído ahora mismo estaría ansiosa por conseguirlo y devorarlo de la misma forma con la que he disfrutado la película. Me pongo en el lugar de alguien que solamente ha visto la película y estoy segura de que a nadie le habrá quedado ninguna duda sobre ningún aspecto. 
Así como en otras películas hechas a partir de una novela el hecho de que añadan o quiten partes que no aparecen en el escrito te dejen con una expresión de What the Fuck en la cara ésta no es una de ellas. Sabía perfectamente que nadie se iba a enterar de qué eran algunas de las criaturas que aparecían si no llegan a haberlas explicado en una de las escenas que por supuesto, ya que cambian de visión (Katniss, la protagonista, a los presentadores en el Capitolio), no aparecen en el libro. Y así con varias partes que no voy a explicar por si alguien que lea esto, aunque lo dudo mucho, quiere ir al cine a ver la película a partir de cero.
En realidad este largometraje lo habían puesto como muy bueno en las críticas, pero yo dudaba un poco de ellas. Siempre lo dudo, he de admitir, y de hecho lo admití cuando escribí de la penúltima de Harry Potter.
Así que me planté yo en la sala del cine justo a mitad de la pantalla para poder abarcar toda la escena con mi vista y así no perderme ningún detalle, por pequeño o minúsculo que pudiera parecer. Mentiría si no dijera que me estaba poniendo nerviosa por momentos a causa de que pasaba de la hora y aún no habían apagado las luces. Y por supuesto que también lo haría si dijera que tampoco estaba impaciente cuando se tiraron media vida de anuncios, pero al menos en ese momento apareció el trailer de la nueva película de Tim Burton y me hizo relajarme bastante a la vez que me hacía reír. Por fin, no recuerdo cual fue el último anuncio que pusieron -tampoco me interesaba demasiado-, empezó la película, y también me preparé para empaparme bien de ella y de las interpretaciones más importantes como las de Katniss, Peeta, el Presidente Snow, así como de Rue y Cinna (y no me olvido del agradable Haymitch y sus preciosa). Y solamente debo decir que sorprendentemente las amé. Consiguieron que realmente me creyera lo que estaban viviendo, y del carácter que la escritora les había proporcionado en sus maravillosos libros.
Otra de las cosas que también quería ver y que, de nuevo, me sorprendieron, fueron los trajes y las pintas de los habitantes del Capitolio. Si bien, debo admitir, me los había imaginado de otro modo, cómo los han caracterizado me ha gustado, aunque tampoco maravillado. Pero a decir verdad la forma con la que los han vestido no era ni tan importante como sus reacciones al ver los propiamente dichos Juegos del Hambre. También me ha gustado cómo han interpuesto los sentimientos de los Distritos con los del Capitolio al observar por televisión lo que estaba sucediendo en la arena. La tristeza y aprensión de los doce distritos a la indiferencia de los habitantes del Capitolio así como Los Agentes de la Paz y los vigilantes de los juegos.
Dejando las escenas y demás cosas de la película ahora hablaré del tema de los libros. Se desarrolla la historia en un lugar llamado Panem, lo que ahora llamamos Norteamérica, formado por doce Distritos que viven a merced de una ciudad llamada el Capitolio. A causa de una guerra acontecida en esta región, la cual fue ganada por las gentes del Capitolio, cada año, cada distrito deberá mandar a un chico y a una chica, de entre doce a dieciocho años, a una especie de concurso televisado donde deberán luchar a muerte hasta que solo quede uno, siendo así colmado de riquezas hasta su último respiro, como si el hecho de haber tenido que matar a veintitrés personas fuese algo por lo que sentirse orgulloso. 
Todo esto me hace darme cuenta de lo afortunada que soy de vivir en esta época, me hace dar gracias por lo que tengo. Los humanos somos tan estúpidos... Nos creemos los mejores y que siempre tenemos la razón y no nos damos cuenta del daño que causamos a la gente a nuestro alrededor por culpa de nuestro maldito orgullo. Es fácil echar la culpa a los demás de las cosas que nos pasan, pero lo que realmente difícil es darnos cuenta de nuestros errores e intentar recapacitar. 

Lo que más gracia me da de todo esto es la frase que los estúpidos del Capitolio dice siempre antes de comenzar a ver como veinticuatro niños se matan entre ellos por su mierda de diversión: Que la suerte esté siempre de vuestra parte.




martes, 10 de abril de 2012

The Hanging Tree.

¿Vas, vas a volver
al árbol en el que colgaron
a un hombre por matar a tres?
Cosas extrañas pasaron en él,
no más extraño sería
en el árbol del ahorcado reunirnos al anochecer.
¿Vas, vas a volver
al árbol donde el hombre muerto
pidió a su amor huir con él?
Cosas extrañas pasaron en él,
no más extraño sería
en el árbol del ahorcado reunirnos al anochecer.
¿Vas, vas a volver
al árbol donde te pedí huir
y en libertad juntos correr?
Cosas extrañas pasaron en él,
no más extraño sería
en el árbol del ahorcado reunirnos al anochecer.
¿Vas, vas a volver
al árbol con un collar de cuerda
para conmigo pender?
Cosas extrañas pasaron en él,
no más extraño sería
en el árbol del ahorcado reunirnos al anochecer.

¿Cuál es el significado que le darías a esta canción?

... Al principio es como si un hombre intentara convencer a su novia para que se reuniera con él en secreto por la noche. Sin embargo, un árbol del ahorcado, en el que han justiciado a un hombre por asesinato, es un lugar muy extraño para un encuentro amoroso. Puede que la amante del asesino tuviera algo que ver con el asesinato o quizá fueran a castigarla de todos modos, porque el cadáver del asesino la llama para que huya. Es raro, claro, lo del cadáver que habla, pero es en la tercera estrofa cuando El árbol del ahorcado empieza a ser desconcertante. Te das cuenta de que el que canta la canción es el asesino muerto, que sigue en el árbol. Y aunque le dijo a su amante que escapara, no deja de pedirle que se reúna con él. La frase "donde te pedí huir y en libertad juntos correr" es la más inquietante, porque al principio parece que está hablando de cuándo él le pidió a ella que huyera, seguramente para ponerse a salvo. Pero después te preguntas si se refiere a que vaya con él, que vaya a la muerte. En la  estrofa final queda claro que eso es justo lo que el hombre espera, que su amante se ponga un collar de cuerda y cuelgue muerta del árbol junto a él.
Los Juegos del Hambre. Sinsajo.
Suzanne Collins.

jueves, 8 de septiembre de 2011

First love.


... Sentía bastante curiosidad; cautivar a una chica tan estupenda había sido una verdadera hazaña.
-Así que, al cabo de un tiempo, empecé a pensar que quizás ella estaba interesada en mí -continuó Arnie-. Probablemente tardé en caer en cuenta más de lo que habrían tardado otros: tipos como tú, Dennis.
-Claro -repuse-. Yo soy lo que James Brown llamaba "una máquina sexual".
-No, no eres una máquina sexual, pero sabes de chicas -explicó con toda seriedad-. Las entiendes. A mí siempre me han asustado. Nunca sabía qué decir. Y sigo sin saberlo, supongo. Leigh es diferente. Me daba miedo invitarla -pareció reflexionar sobre esto-. Quiero decir que es una chica hermosa, realmente hermosa. ¿No te parece, Dennis?
-Sí. En mi opinión, es la más hermosa de toda la escuela.
Sonrió complacido.
-A mí también me lo parece..., pero creía que tal vez fuese porque la quiero.
Miré a mi amigo, esperando que no fuera a meterse en más líos de los que podía resolver. En aquel momento, desde luego, no tenía ni idea de lo que podía suponer el lío.
-El caso es que un día les oí hablar a Lenny Barongg y Ned Strougham en el laboratorio de Química, y Ned le estaba contando a Lenny que la había invitado a salir, y ella había rehusado, pero amablemente..., como si tal vez aceptara en otra ocasión si volviese a pedírselo. Y me la imaginé saliendo con Ned en primavera y empecé a sentirme de veras celoso. Es ridículo: ella le rechaza, y yo me siento celoso. ¿Entiendes lo que quiero decir?
Sonreí y asentí. En el campo, las majorettes ensayaban
nuevas evoluciones. No creía que ayudaran mucho a nuestro equipo, pero era agradable verlas. En el radiante mediodía, sus sombras se encharcaban junto a sus talones sobre la verde hierba.
-La otra cosa que me llamó la atención fue Ned no parecía humillado, ni avergonzado..., ni rechazado, ni nada de eso. Intentó una cita, le salió mal, y eso fue todo. Decidí que yo también podía hacerlo. Pero cuando la llamé por teléfono estaba sudando a chorros. Me la imaginaba riéndose de mí y diciendo algo así como: ¿Salir yo contigo, mequetrefe? ¡Debes estar soñando! ¡No estoy tan apurada todavía!
-Sí -convine-. No puedo imaginar por qué no lo hizo.
Me dio un juguetón puñetazo en el estómago.
-¡Ojo, Dennis! ¡Te haré vomitar!
-No importa -dije-. Cuéntame el resto.
Se encogió de hombros.
-No hay mucho más que contar. Cogió el teléfono su madre y dijo que iba a llamarla. Oí el ruido del aparato al ser dejado sobre la mesa, y estuve apunto de colgar. -Arnie levantó dos dedos apenas separados por medio centímetro-. No me faltó ni esto. Palabra.
-Conozco la sensación -dije, y era cierto.
Teme uno la risa, imagina el desprecio en mayor o menor grado, sea uno jugador de rugby o un cuatro ojos lleno de granos, pero no creo que pueda compr
ender el grado en que Arnie debió de sentirla. Lo que él había
hecho había requerido un valor extraordinario. Una cita es una cosa mínima, pero en nuestra sociedad hay toda una serie de fuerzas arremolinadas tras ese simple concepto: quiero decir que hay chicos que pasan por toda la escuela superior sin reunir nunca el valor suficiente para pedirle una cita a una chica. Nunca, ni una sola vez, en los cuatro años. Y eso no uno ni dos, montones de chicos. Y hay montones de chicas tristes que no son invitadas nunca. Es una piojosa manera de dirigir las cosas, si se para uno a pensar en ello. Resulta lastimada mucha gente. Podía imaginar oscuramente el puro terror que debía de haber sentido Arnie mientras esperaba a que Leigh se pusiera al teléfono; la sensación de aterrado asombro ante la idea de que no se proponía invitar sólo a una chica, sino a a la chica más guapa de la escuela.
-Por fin se puso -continuó Arnie-. Dijo "¿qué hay?", y, oye, no pude articular palabra. Lo intenté, y no me salió más que un soplo de aire. Así que ella dijo: "¿Qué hay? ¿Quién es?", como si se tratase de alguna broma, ya sabes, y pensé: "Esto es ridículo. Si puedo hablar con ella en el pasillo, puedo hablarle también en el maldito teléfono, todo lo que puede decir es que no, quiero decir que no puede matarme ni nada si le pido una cita". Así que dije, hola, soy Arnie Cunningham, y ella dijo, hola, y bla-bla-bla, y esto y lo otro y aquello y entonces me di cuenta de que ni siquiera sabía adónde diablos quería invitarla y nos estábamos quedando sin cosas que decir, y no tardaría en colgar. Así que la invité a lo primero que se me ocurrió y le dije a ver si querría ir el sábado al partido de rugby. Ella dijo que le encantaría, así como suena, como si hubiese estado esperando a que la invitase, ¿sabes?
-Probablemente lo estaba.
-Sí, quizá.
Arnie reflexionó sobre ello, admirado.
Christine.
Stephen King.